Ayer regresé de la visita mensual a mi familia en Argentina. Es increible como uno vuelve al pasado instantaneamente al recorrer los lugares de siempre.
El sábado en la noche tuve dos experiencias. La primera fue el cumpleaños de mi amiga. 26 años y 10 amigos que por diversión terminaron la noche tirándose comida, apagando la luz y pidiendo que las mujeres bailaramos sin remera. Patético.
La otra experiencia, bastante más memorable, fue una charla que sostuve con la Caro. Es que este es uno de esos momentos en donde seguir con la rutina terminaría por convertirme en una momia. Pero cambiar, eso si que da vértigo. Estábamos en el depto de Córdoba, sentadas a las 4 de la mañana tomando agua. Todo estaba intacto, tal como lo vivieramos hace 2 o 3 años atrás. El mismo mantel, los mismos cuadros, el mismo olor, el mismo mate con yerba de hace 6 días sobre la mesa, las mismas lamparitas quemadas, el polvo sobre todo, la cocina con muchos platos sucios (bueno, mi hermano, que es el nuevo ocupante, y yo nos criamos juntos al fin y al cabo). Todo estaba intacto. Como retroceder en el tiempo. Y pensé que quizá si de repente desaparecieran los años que pasaron, si todo hubiese sido un sueño, no me costaría nada acostumbrarme a esa rutina. Volvería como si hubiese estado de viaje en otra dimensión y no sería nada raro, ni nada nuevo.
Pero me faltaría él.
Y sin el nada funcionaría.
Es increible como sin que uno se de cuenta, los caminos se presentan claritos en la vida. Y se puede ver la bifurcada. ¿Que hubiera pasado de seguir por el otro lado? No se. Seguramente nada parecido a la foto del pasado que viví la otra noche. Tal vez seguría pensando lo patéticos que son mis amigos a pesar de estar cada vez más cerca de los 30 y cómo me gustaría estar lejos de todo para empezar de nuevo.
Uno nunca se conforma, o si?
