Parece que esta va a ser la primera navidad lejos de mi familia. El año pasado fue el revés, navidad allá, año nuevo acá. Pero esta vez le debo el festejo a mi marido. Es extraño. Se me vienen a la cabeza los recuerdos de las navidades de la niñez. Todos nos juntabamos en la casa de mis abuelos Pancho y Totola a cenar, tirar petardos, comer turrones y por supuesto, a esperar las doce para tomar el auto y hacer la ronda habitual por la casa de mis tíos, a buscar el regalo que trajo el niñito dios (que por esa época debe haber sido un magnate). A las doce el abrazo parecía un trámite. Seguía un orden de prioridad absoluto. Primero mis viejos, después mis hermanos, después mis abuelos y finalmente tíos y primos. Pero siempre o casi siempre estaban todos y a todos abrazaba. Alguna que otra lágrima, la típica frase de mi abuela "quizá la esta sea mi última navidad". Todavía lo dice.
Ahora ya no estan todos, me falta el abuelo Carlos y su pelada sabia, el abuelo Pancho y su sonrisa pícara, mi tío Nacho y sus abrazos de oso. Además mi tío Francis y mi viejo hace un año que no se hablan. Y lo inevitable, también voy a faltar yo. Pero a pesar de todo siempre dejo un pedacito mío allá.
Esta vez lo paso con la extraña familia de mi marido, almuerzo del 24 suegra, cena del 24 suegro, almuerzo del 25 abuela. Y así para siempre. Voy a tener que acostumbrarme a las navidades de las familias ensambladas. Muy costosas. Muy conflictivas. Pero hasta ahora también muy efusivas y calurosas.
Esta es mi segunda navidad casada, y el abrazo que representa todos los abrazos del mundo es el de Seba. El único que definitivamente no me puede faltar. Aunque heche de menos todos los otros.
